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El adiós a un hijo (segunda parte) | Confidentiam
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El adiós a un hijo (segunda parte)

Los días pasaron y no recuerdo mucho de ello, la culpa se apoderaba de mí.

Los medicamentos para la temperatura no eran tan eficaces como unas compresas heladas (o por lo menos para mí), por lo que exclame “perdóname hijo”, y así de la nada me dijo “No pa, ustedes han hecho todo por mí”, el llanto en ambos explotó. Fueron minutos que recuerdo una y otra vez.

Ahora entiendo que la culpa en mí estuvo presente desde el inicio, y por más que la evitaba y la esquivaba a toda costa regresaba en oleadas a mi cabeza. En ese momento con mi hijo abrazados me liberé de mi culpa. Entendí, tal como me lo dijeron desde un principio que en esta terrible enfermedad no hay culpables. Es una de tantas enfermedades que atacan a nuestros niños. Ejemplo que veía en los pasillos del hospital, pero al estar cegado por mi propia culpa, me traía un sentimiento negativo, lo que me condujo hacia la desesperanza.

Bueno regresando un poco a ese día en especial, se dio a continuación el “climax” de la película llamada enfermedad:

Pa: voy a estar bien, no lloren. Ya sé que estaré con Diosito. Es bonito ¿sabes?

¿Por qué dices eso?

Hace rato soñé con eso pá. No me quería regresar. Es muy bonito.

¿Me quieres decir que te vas a ir con Dios?

Si pa.

Sali corriendo por la gente que estaba conmigo, entramos en su cuarto y no respiraba. Mi hijo dibujaba una sonrisa que había dejado de mostrar hace mucho. Hasta la fecha recuerdo esa sonrisa, era la más sincera y pura que le vi desde el día en que nació. Solo podía ver en esa carita PAZ, MUCHAS PAZ

Es curioso como ahora, pasadas unas semanas sentí el amor de Dios y el de mi propio hijo plasmadas en esa última sonrisa.

La culpa la dejé aquel día en la cama de mi hijo, un ejemplo es sentir culpa por un entierro o por una incineración, de cualquier forma, yo iba a ser culpable. Estaba sentenciado. No fue así. Ese momento me inyecto mi alma y mi vida.

 

Todo se dio en completa calma. Tristes pero tranquilos.

rosa blanca

Dios expresó su amor hacia todos con la frase de mi hijo, el amor hacia los míos resurgió con la partida de mi pequeño.

No cabe duda que la misión de mi hijo, ahora entiendo y comprendo, fue hacer de todos nosotros una familia más unida. A él se lo debemos.

Les quiero dar las gracias siempre a todos ustedes, han sido un pilar fundamental para la comprensión de esto, que, sin duda, ha sido un camino prácticamente imposible de recorrer, y sin ayuda sería imposible.

Por eso quise dejar mi testimonio, para todos aquellos que pasan por lo mismo. Gente que veía una y otra vez en los pasillos del hospital y que nunca pregunté sus nombres. Los recuerdo a todos. Papás y mamás con un espíritu incansable. Siempre los llevaré en la mente.

De ahora en adelante al recordar a mi hijo sonrío, así es, lo recuerdo con su última frase. Sonrío y le doy gracias a Dios por haberme dado la bendición y oportunidad de haber sido padre por unos años maravillosos. No importa cuantos, simplemente maravillosos.

Anónimo

informes@confidentiam.com.mx

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  • Alejandro Serna 5 noviembre, 2016 - 11:15

    Definitivamente la vida solo es un préstamo temporal, sin fecha escrita de caducidad, pero sertera en su transitoriedad de la brevedad del tiempo.
    Esté testimonio nos recuerda la importancia de atesorar los momentos bellos y únicos del aquí y el ahora, de la aceptación de lo inaceptable de nuestra y frágil temporalidad.
    Y abrazar esos momentos de felicidad incluso durante la enfermadad, por que son los recuerdos que podremos traer a nuestro presente, atesorarlos y ser feliz.
    Gracias Comfidentiam por compartir estas historias que solamente quien las vive,  es capas de experimetar el más grande del dolor y llevarlo al sufriemito más avasallador, para despues encontar en la aceptación de su destino el sosiego de su presente.
    Saludos
    Alexs
     

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