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Las pequeñas pérdidas

Durante la evolución de una enfermedad mortal las funciones se ven alteradas de diferentes formas, lo que hoy se encuentra en orden, el día de mañana no lo está. Lo que parece ser causa perdida, mañana adquiere una fuerza renovada, sin que el cuerpo médico encuentre explicación alguna.

Estas disfunciones hacia el deterioro causan reacciones diversas en el comportamiento del paciente y de su entorno, respuestas que oscilan del llanto a la tristeza, y cuando nuestros seres queridos tienen una mejoría sólo apreciada por los allegados, emerge un suspiro y una risa de la nada.

Si la salud presenta un desgaste paulatino, se descubren “Las Pequeñas Pérdidas”. Algunas de mayor impacto.

El no poder valerse por sí mismo es la más impactante para el paciente, para la familia son las señales físicas, como la pérdida de peso y caída del cabello. De aquí surgen ideas y tratamientos alternativos en búsqueda de –ocultar por no enfrentar- la realidad del panorama que se avecina.

Las pequeñas pérdidas las vivimos a diario. El deportista que nota un rendimiento disminuido.

Lo que hoy leía sin dificultad, mañana lo haremos con lentes y al cabo del tiempo, el aumento de la graduación nos llevará a reflexionar… “Un cambio en la graduación es bueno y necesario”.

En efecto, las pequeñas pérdidas se tienen y se viven. La forma de enfrentarlas marca la diferencia.

Durante el proceso se pueden desarrollar otras facultades, en eso nos enfocamos. A desarrollar nuevas habilidades para salir adelante.

Los niños y los adolescentes son ejemplos a seguir. Siempre nos enseñan que siempre hay algo más.

Para la familia, el resultado de las pequeñas pérdidas vividas y reflexionadas a lo largo de una enfermedad mortal, lleva a una etapa de duelo con menor tristeza, dicho sentimiento lo vivimos y lo dejamos a lo largo del camino. No debe de causar sentimiento de culpa. Fue un proceso largo y doloroso, fueron las grandes, pequeñas pérdidas.

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