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Jimena: El amor por la vida | Confidentiam
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Jimena: El amor por la vida (primera parte)

Hace unos meses al saber de nuestra dirección, se comunicó con nosotros Jimena, un coreo imposible de ignorar, una historia que hoy publicamos, una entrevista que sin duda nos deja una nueva lección.

Después de escuchar detenidamente su historia, solamente contestamos BIENVENIDA….

Esta es la primera de dos partes de su historia

A: Antes de entrar de lleno a la impactante historia de tu vivir, danos un panorama de los inicios de Jimena.

J: Soy descendiente de una familia de españoles, mi abuelo vino de España tras la guerra civil. Desde los 11 años me llamaban la atención las personas de edad avanzada, no se explicarte bien el motivo. Recuerdo que siempre me ha gustado estar con ellos, escucharlos, su sabiduría, sus experiencias me hacían sentir diferente.

A: ¿Cuándo y cómo inicias en el campo de la tanatología?

J: Me tengo que remontar un poco… Mi padre trabajaba como diplomático, por lo que nos fuimos a vivir a Japón, yo tenía 12 años de edad. Fue ahí donde vi, valoré y comprendí la cultura occidental. A las personas mayores se les ve con otros ojos, tienen un papel diferente en la sociedad. Ahí inicié mi colección de viejitos: Figuras de personas mayores  que representan sabiduría, las lecciones de vida que nos dejan, el respeto que merecen  y muchas cosas más… Lecciones de vida que nos dejan a cada momento. Me sentaba a escucharlos, platicaba con ellos.

A: De todas las personas que habías tratado antes de una formación como tanatóloga, de estas personas de edad avanzada: ¿Quién  te dejo el mayor mensaje?

J: Mi Abuelo materno sin duda, un hombre que era congruente en su pensar y actuar, español, refugiado por la guerra española, dividía sus ingresos entre los trabajadores, fue un ejemplo de vida, un hombre íntegro en todo el concepto.

A: ¿Cuándo y cómo inicias?

J: Por el trabajo de mi papa nos mudamos a Estados Unidos, estaba cursando preparatoria, en  una especie de servicio social me involucre con personas con síndrome de Down, con dislexia (terapia equina) y con personas de  edad avanzada… cubrí y supere el número de horas. Llegue a México y terminando la preparatoria, inicie mi licenciatura en psicología, el amor en esa época toco a la puerta y me case, llegó el primero de dos hijos hace 1 7 años y deje la carrera. Me dediqué (y lo sigo haciendo) a mis hijos. Me enteré de un diplomado en la escuela de mi hijo, a través del instituto mexicano de tanatología. La vida me ha puesto en el camino en donde el dolor y el sufrimiento marca tu destino, adquirí empatía por aquellos que sufren, porque lo he vivido.

El tiempo paso y años más tarde por  circunstancias del destino me mudé a  Nuevo León, mi vida cambio. Con síntomas vagos y disminución del apetito e incapacidad de pasar agua acudí al médico. La noticia llegó…  afortunadamente de  forma cálida: “Un tumor maligno de esófago que invadía estructuras vitales (vena cava)… Es decir, Cáncer de esófago”. Me dieron quimioterapia tomada. Acudía a la universidad en condiciones deplorables, nuevamente  dejé la licenciatura y me operaron. Desperté en terapia intensiva, la presión arterial estaba baja, me sentía como una estampa adherida al colchón de la cama, veía a mi mamá dar vueltas a mi rededor,  estaba surcando una  zanja alrededor de la cama Mi papa con su aroma único me paso a ver…  “pobre de mi hija” es la frase que recuerdo, no lo vi,  pero lo reconocí;  me pasaba por la mente seguir adelante, luchar y levantarme por mis dos hijos. Mi voz era débil, primero  por la cirugía y además por mis condiciones físicas. Una noche trataba de llamarle a mi mama, tocaba el timbre y nadie acudía, me sentía mal, y fije mi vista hacia afuera, viendo a la nada y de la misma forma una persona (no recuerdo quien), acudieron a verme y a atenderme. Me recuperé de forma paulatina pero parcial. Mi pensamiento constante eran mis hijos, a pesar que los médicos insistían que viera por mí y no por los demás. No lo hice y no lo volvería a hacer. Vino un cambio radical en mi vida, de inicio aprender a comer; nunca volvería a comer como antes.

Regresé a vivir a la ciudad de México, mi actividad se veía limitada a las más  básicas del ser humano, comía, dormía y dormitaba, con esfuerzos me paraba al baño.  Reprobé los siguientes laboratorios  en cualquier sentido, las cosas no marchaban bien, lo presentía y así fue. Me internaron nuevamente para mejorar mis condiciones y ser re intervenida. El dolor se adueñó  de mi cuerpo y de mi vida. Por su parte, el  sufrimiento (ante mi dolor)  se apoderó de la vida de quienes me querían. Inclusive me despedí de alguna persona, no tenía un buen sentimiento con respecto a mi futuro. Estando en el baño del hospital me sentí muy mal, no recuerdo esa noche. No me permito que cualquier cosa me derribe, el peor enemigo es la mente, hay que seguir adelante. Hasta ese punto no había ejercido como tanatóloga, me encontré con gente que necesitaba ayuda, lo hacía, escuchaba –ahora veo- con empatía. Entendí que hacía algo bueno por mis semejantes. Vi que el día de los otros y el propio tomaban un significado diferente. Tampoco me dijeron mucho al respecto, ya que las complicaciones se dejaron venir en cascada… Al colocar el catéter para alimentación presenté una trombo embolia, el dolor les puedo decir,  es espantoso;  algo intenso de lo cual ya no recuerdo mucho. Mi corazón se detuvo, caí en paro,  me dieron maniobras (no recuerdo cuanto tiempo).  En un inicio me daba miedo saber cuánto tiempo permanecí “muerta”,  no lo pregunté. Me pasaron a terapia intensiva en donde me indujeron un coma medicamentoso para mejorar mis condiciones. El drama estaba en su clímax, nadie sabía mi pronóstico, ni a corto y mucho menos a largo plazo. Los informes de los doctores eran inciertos, siento que tenían más dudas que las de mis familiares. Me convertí en celebridad, pedían sangre para mí (B negativo) en tele y en radio,  gracias a ellos, a esos héroes anónimos,  personas altruistas y de buen corazón, con  su sangre,  sigo viva. Me torne  en un personaje ya que  mi piel cambiaba de colores, uno de ellos no fue bueno…  el rojo. Hice alergia severa a un antibiótico. Ese estado de coma medicamentoso duró dos semanas.

A: Algunas personas describen cosas o situaciones al estar en una situación como la tuya. ¿Recuerdas algo?

J: (Risa), ahora lo veo todo diferente. Mira, algunas cosas las recuerdo como fotos, otras como momentos confusos, me dice mi mamá que a pesar de estar con un tubo que me ayudaba a respirar, trataba de sonreír. Mi hijo mayor presencio el peor estado de salud que tuve, me vio prácticamente morir. Cuando entró a verme cuando yo estaba un poco más estable me dicen que llore al escuchar la voz  a mi hijo mayor. No lo recuerdo. El despertar no fué de lo mejor, y hasta la fecha lo tengo confuso. Pedía “Pink-lemonade” Me imaginaba a mí misma, tirada en el piso, viendo a las personas siempre hacia arriba, la cama del hospital que se convertiría  poco a poco en mi jaula.

Mi primo: Tengo un primo (un hermano), que al enterarse de mi situación tomó un camión desde tabasco para hacerse presente en cualquier sentido. Su presencia fue tal, que en un momento dado, estando mi hermana conmigo, se acercaron para pedir la autorización para que me fuera colocado un filtro, para  evitar que se filtraran nuevos trombos. La enfermera entró y preguntó por el “güerito”, mi hermana les explicó el parentesco, y la enfermera respondió que el joven era su familiar y lo querían ver a él. Recuerdo que me decía  “hermosa”.

A: ¿te sentías mejor en terapia intensiva?  

cama uti

J: ¡No!, perdí mi dignidad…  Mi primo pedía que me colocaron un cobertor o una sábana Un día desperté con pañal, la vergüenza invadió mi ser, el pudor es una palabra, un concepto fuera del diccionario en una Terapia intensiva, estaba amarrada, mi imagen estaba desfigurada, no me cuestionaban ni los pequeños procedimientos como bañarme o asearme la boca. No era dueña de mi cuerpo. La jaula (cama), no me gustaba que fuese movida, mi máxima ilusión era que retiraran la piecera o la cabecera, me daba una sensación de libertad, sentimiento  que había perdido hacía semanas. Una motivación para salir delante de esta situación fue el enfermero Hombre… si, tenía que valerme por mi misma,  el pudor se hizo amo de mis decisiones,  quería -y logre- ser dueña de mí nuevamente. El Doctor apoyó mi decisión y yo decidí apoyar  su tratamiento. Dr. Juvenal Franco: “Muchas gracias por esos pequeños –grandes- detalles. Caminé al baño, el cómodo (incómodo) era un enemigo a vencer. Sonreía a todo aquel que entrara, en ocasiones estaba sola, y en la vida el camino debe de ser amable, o así lo debemos de hacer. Pedía un café (un lujo), pero mi cuerpo decía No. Desperté  cantando una canción (la pastureta), canción que me cantaba mi mamá cuando era pequeña, inclusive cuando me pasaron a la unidad de cuidados intermedios iba tarareando la misma canción. Con ese gran tacto, el  Dr. Franco me comunicó que seguía la cirugía, el motivo por el cual ingresé. Me operan días más tarde (no llevo la cuenta), llegó lo fuerte físicamente: La cirugía. Esta noticia produjo en mí el peor miedo que he vivido. Mi estado de alerta era extremo, no dormía, estaba al pendiente del estado de salud y en todas las complicaciones que podía tener, -con justa razón-   había atravesado por mucho…  y faltaba la operación. Caí en depresión, lloraba mucho, y un médico colaborador del Dr. Franco que hablaba y practicaba su profesión con la misma calidad humana del Dr. Franco, marcó mi vida y le vivo agradecida. Permaneció junto a mi durante 18 horas después de la cirugía, me tomaba de la mano y me explicó muchas cosas que ahora entiendo…

A: Sigue por favor…

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  • Susana Núñez Camacho 14 enero, 2014 - 22:13

    Que historia ejemplo de valor,con mucho interés y respeto espero la segunda parte. Gracias Jimena por compartir tu sentir

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